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29 marzo 2011

Doña Paquita

Aquella mañana cuando sonó el despertador y abrió los ojos sabia doña Paquita que hoy sería un día especial, no era un día como otro cualquiera, aquel veintidós de junio era su ultimo participación como maestra de infantil, ya no habrían mas reuniones con profesores ni padres ni mas preparaciones de clases, y a decir verdad un poco de tristeza la invadió. A su mente acudieron nombres como Alberto, Carlos, Jesús, Leticia, Andrea, Inés y últimamente, Abdala, Mohamadou, madiawa, Awa, Shamia…tantos habían pasado por sus clases que no conseguía recordar a todos ellos, pero todos ellos de alguna manera habían sido especiales. Como todas las mañanas lo primero que hizo fue pegarse una ducha, para luego en bata desayunar en la cocina leyendo el periódico al cual era abonada, el día era precioso, un sol radiante inundaba toda la cocina e invitaba al optimismo, se metió en la boca la ultima tostada y con un suspiro fue al dormitorio, al igual que todas las mañanas hizo la cama primero par luego dejar recogida la cocina antes de marcharse, lo único que cambio aquella mañana fue la elección de la ropa, eligió una blusa blanca de algodón y una falda azul cielo, mientras se vestía recordaba con que cuidado había elegido lo que ponerse en su primer día de trabajo, hacia ya cuarenta años. Salió de casa a la misma hora de siempre, cogiendo el autobús en la misma frecuencia y saludando dando los buenos días a las mismas personas que se encontraba a esas horas cada  mañana. A Doña paquita le gustaba siempre llegar pronto al cole para poder charlar disfrutando de un café de la maquina, que aunque malo, a su manera disfrutaban el conserje y ella comentando las noticias de la mañana. Después se dirigía a clase para preparar lo que hacía con sus chicos, hoy no haría falta preparar nada. El último día lo dedicaría a jugar y despedirse de los niños e incluso de los padres que quisieran venir.
Por desgracia Doña Paquita no había podido tener hijos junto a su ya difunto marido, eso no les había impedido vivir una vida llena de felicidad hasta que el murió hacia diez años ya, y como ella siempre decía, todos y cada uno de sus alumnos habían sido un poquito hijos suyos, y todos ellos le habían dejado huella en lo más profundo de su alma.
La mañana pasaba rápida, con cada minuto que pasaba, terminaba una etapa de su vida. Vida que había pasado casi sin enterarse, pasando el tiempo inexorablemente. Eso no le afectaba para nada mujer fuerte y de carácter, sabía que a partir de ese día una nueva etapa le tocaría vivir, y que además viviría como siempre había hecho; plenamente. También el colegio echaría en falta a la profesora de infantil, veinticinco años llevaba en el centro, mujer activa como era había propuesto innumerables proyectos,  muchos de los cuales se fueron llevando a cabo a lo largo de los años.
Poco a poco la mañana iba pasando y con ella pasaba la vida laboral de Doña Paquita, la emoción llego cuando casi al acabar la jornada llamaron a la puerta y al abrirla, allí estaban José arquitecto, Laura economista, Enrique electricista, Manuel albañil, Leticia enfermera, Inés primero de la eso, Ernesto, Amelia, Awa, Mohamadou,  Shamia, quinto de primaria y detrás de ellos los padres de muchos años atrás mas los actuales, junto con profesores y dirección, con un enorme ramo de Rosas, junto todo su aprecio. El acto fue emotivo, las lágrimas rodaban por las mejillas de todos y todas, y, como siempre Doña Paquita fue la que tranquilizo a todos. Luego llego la calma, y Doña Paquita se fue con el mismo silencio con el que entro veinticinco años atrás, aunque ahora para Doña Paquita empezaba una etapa nueva en su vida, la cual dedicaría a sus dos mayores aficiones;  Leer y escribir.

José Manuel Angulo García
Zaragoza a 28 de Marzo de 2011

11 septiembre 2010

Horror

Bueno tras una pausa en mis escritos retomo mi labor de escritor amateur con este relatico espero os guste.


El soldado miraba a su alrededor plagado de cadáveres, el arma que llevaba en la mano aun humeaba, seguramente si tocara el cañón estaría al rojo vivo. Oleada tras oleada se habían lanzado desde al amanecer a ocupar aquella maldita cota 37, ahora después de siete horas habían conseguido reducir a los que estaban, no sin causarles innumerables bajas. Solo porque a algún malnacido se le había ocurrido mandarles a ese infierno en bien del progreso y la democracia, mientras el seguramente estaría recostado en un buen sofá con una buena copa en la mano y un buen puro en la boca. Más de cinco mil hombres habían mandado a ocupar esa cota tan importante para el transcurso de la guerra. Y ahora hay estaba el rodeado de un montón de cadáveres, cuerpos mutilados ya sin vida, personas que horas antes tenían sus deseos e inquietudes ahora truncadas por aquella maldita guerra, sin saber a ciencia cierta cuantos habían caído y porque, mientras que el daba gracias al cielo por permitirle vivir un poco más. Se sentía sucio y cansado, notaba su cara viscosa y grasienta, se miro las manos y las vio con sangre seca y negra por la suciedad. Echo una ojeada al uniforme antes verde oliva y ahora lleno de barro y sangre, una vez más se volvió a preguntar ¿todo eso para qué?, ¿Cuántas madres llorarían por sus hijos cuando les llegaran las cartas del estado mayor?. Diciéndoles que habían caído con valor defendiendo a la patria y al estado de bienestar.
 En sus oídos aun perduraban los sonidos de aquella batalla, gritos, maldiciones, llamadas a la madre de algún soldado caído o herido. No sabía muy bien porque pero en los momentos más difíciles el soldado nunca se acordaba de su padre, hermanos, novias o mujeres sino simplemente de la madre, esas maravillosas mujeres que te dan la vida para que otros tan ricamente en sus despachos decidan quién debe morir y porque. En ese momento decidió que si salía de esta se recluiría en algún sitio donde la paz y el amor a la vida fueran indispensables,  seguramente se iría a algún pueblo perdido de las montañas, con cuatro gallinas y alguna cabra. Tan ensimismado estaba en sus pensamientos, que no vio a un sanitario agarrándole y preguntándole.
- ¿Te encuentras bien?- soldado contesta- ¿te encuentras bien?
-Estoy bien, estoy bien, tranquilo. Mira a ver por ahí que ha sido una locura y tienen que haber muchos heridos. ¿Dónde está el capitán de la tercera, lo habéis visto alguien?
-A caído un poco más arriba, ha tenido que ser un infierno.
Me colgué mi arma al hombro y empecé a caminar colina arriba, conforme subía empecé a preguntarme el porqué de tanto horror, el porqué los hombres nos matábamos sin piedad para defender palabras como el honor, cuando esa palabra tendría que ser utilizada para razonar y perdonar agravios sin necesidad de matarnos unos a otros, y no utilizada sin más y así tener una oportunidad de ir a la guerra. Guerras que organizaban otros sentados cómodamente en sillones de cuero, mientras jóvenes marchitaban su juventud dándolo todo por ellos. A mis veintisiete años parecía que tenía cuarenta y dos y toda una vida vivida por delante cuando aún no había empezado ni siquiera a vivirla. Solo éramos carne de cañón barata a los cuales en los campos de instrucción nos comían la cabeza, preparándonos para algo que nunca olvidaríamos;¡Matar!, y eso era algo que nunca se nos olvidaría, y lo más grave luego saldríamos a la vida civil siendo un peligro en potencia, lo que hacía que en el peor de los casos nos volviéramos a enrolar o nos fuéramos a matar según quien pagara convirtiéndonos  a chicos normales en asesinos.
En lo alto de la colina me encontré con lo que quedaba de mi compañía, empezamos a abrazarnos dando gracias de seguir vivos, diciéndonos que aquella locura había terminado y que volvíamos a casa a descansar por una temporada, a esperar al empiece de otra campaña…
José Manuel Angulo García
Zaragoza 10 de Septiembre de 2010